segunda-feira, 17 de janeiro de 2011
Cenas cubanas
Deja vu
ALEJANDRO RIOS
El Nuveo Herald, 15/01/2011
Mi mamá nos disuadía con aquello de que le gustaban las alas y otras partes menesterosas del pollo para dejarnos a nosotros la pechuga, muslos y encuentros. Hubo un tiempo que nos zurcía las medias y reducía, mediante trucos de costurera emergente, pantalones de mi padre, que ya ostentaban desgaste, para llevarlos a nuestra medida.
En un pequeño mercado en los bajos del edificio 13 de la Habana del Este a donde habíamos ido a parar, luego de regresar en calidad de repatriados procedentes de Hialeah, a principio de los años sesenta, el panorama era perturbador: estantes con un solo producto, pomos de mermelada de mango.
Una compañera, de entonces, le pregunta al carnicero ``qué había llegado'' y este, no sin cierta picardía, le responde: ``picha'' y la mujer lo increpa y le dice que se las tendrá que ver con su marido por tamaño atrevimiento.
El carnicero se siente contrariado luego de su chiste porque aquel extraño pez que le tocaba dispensar, antecedente de la infame claria, se llamaba picha y llegada de algún remoto y frío océano al trópico de los pargos y las chernas escurridizas.
Mi padre pactaba con el bodeguero cuando el huevo comenzó a sacar la cara por el magro abastecimiento. Además de los dos o tres que nos ``tocaban'' por persona, diligentemente anotados en la libreta, él llevaba un recipiente y recibía como dádiva, una cantidad generosa de posturas de gallina rotas que mi mamá transformaba en revoltillo o tortilla.
En La Habana Vieja, una hermana de Haydee Santamaría, la heroína del Moncada, se ocupa de la oficina de bienes malversados, eufemismo del hurto oficial de muebles, artes decorativas y otras pertenencias abandonadas en su huida por presurosos exiliados.
Un grupo de jóvenes soliviantados tenemos una cita concertada con la altisonante funcionaria, quien ha prometido gestionarnos empleos en el sector cultural.
Sentada justo fuera de la entidad oficial, una madre espera por sus buenos oficios para que no le fusilen al hijo, según nos confesó la propia Santamaría. Sobre un mueble de su vistosa oficina no escapa a nuestra curiosidad dos jeans primorosamente doblados.
Como para aplacar nuestra ansiedad, con modestia revolucionaria, nos dice que utilizará los ansiados atuendos capitalistas para concurrir al trabajo voluntario en la agricultura porque son muy cómodos y fuertes para esos menesteres. Con un dejo de ironía apunta que consumiendo productos americanos contribuirá al desgaste y eventual desaparición de la sociedad de consumo. También nos habla de su predilección por la ropa interior americana, tan práctica y bien ajustada.
Al otro lado del túnel de La Habana, el mismo día en el apartamento 304, mi madre ensambla unos engendros que parecen ajustadores para paliar la escasez de tan delicados y necesarios atuendos femeninos. La lista de sus clientas, desesperadas, resulta cuantiosa.
El hermano de Vallejo, médico de Fidel Castro, es un anciano gay y labora en el Instituto del Libro donde he conseguido trabajo. Nunca lo vemos quejarse de escasez alguna. Lo dejan entrar, libremente, en lugares donde nosotros no tenemos acceso, aunque padece la marginación de la nomenclatura por su preferencia sexual.
En el mismo Instituto un amigo se ha involucrado sentimentalmente con el hermano de René Rodríguez, presidente del centro de espionaje ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos) y en esa casa tampoco faltan los artículos de primera, segunda o tercera necesidad. Claro que este pariente, dedicado a la altura costura para jóvenes casaderas de la nueva aristocracia cubana, recibe los beneficios de su poderoso pariente pero no puede figurar en la foto de familia por ser homosexual.
Si la corrupción gubernamental no acarreara la más deleznable indigencia entre los que no se salpican, fuera soportable. Ya desde entonces, los miembros del gobierno contaban con una cadena de tiendas bien abastecidas para satisfacer sus más perentorias necesidades.
Rodríguez nos cuenta que Juan Almeida tiene control sobre las mansiones de las llamadas ``zonas congeladas''. Por entonces se refirió a una nueva amante de Carlos Rafael Rodríguez que recibía su correspondiente casa en Miramar.
En nuestro apartamento de la Habana del Este, mi padre le da un puñetazo al televisor alemán Rafena que acaba de perder la imagen otra vez. A las cinco de la tarde ceban el motor y suben la poca agua que ha caído en la cisterna. Mi mamá llena todos los cachivaches disponibles del preciado líquido y hace murumacas para garantizar la comida sobre la mesa.
Una decena de reformas socialistas después, cientos de promesas incumplidas, miles de familias quebradas, discursos a tutiplén, un país hecho jirones, jóvenes desesperanzados, ancianos voluntariosos gobernando con desayuno, almuerzo y comida, garantizados, Cuba comienza una nueva década del siglo XXI en medio de un deja vu colosal, donde todo se repite y la esperanza no se avista.
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